CRÓNICA



CRÓNICA DE UN NUEVO ACERCAMIENTO 
A LA POESIA Y AL PAISAJE. 

Patricia Alejandra Cruz Oteiza
Educadora Diferencial
Especialista en T.A.E. y R.M.
Postítulo en Audición  y Lenguaje


            Dos de la tarde del día Viernes 12 de noviembre de 2010, faltaba aún media hora para nuestra primera salida fuera del colegio y ya deambulaban con cara ansiosa todos nuestros poetas, sus ojos atentos, de pie o corriendo, pero siempre a pocos metros de la puerta, no fuera a suceder que en un abrir y cerrar de ojos aparezca el bus que nos lleve a jugar y  “poemar” a la Quinta Vergara y se fueran a quedar abajo. Bolso en mano, jóquey y uno que otro artículo de arreglo personal sobre el uniforme, daban cuenta de que era una actividad distinta, que era una salida a terreno con todas sus letras.
Era imposible no sentirse privilegiados, niños y adolescentes que han sido denominados con un nombre que a veces segrega y estigmatiza, personas con discapacidad; pero esta vez era imposible sentirse con alguna “dis” o “in”, sólo estaba presente en ellos la capacidad de hacer algo y de realizar de una vez por todas la tan esperada salida a terreno que hace siete días se vio suspendida por una inesperada lluvia que nos envió a todos para la casa y que provocó más de una lágrima.

¡Vamos! Es la palabra clave, ha llegado el bus gris que nos llevará a la Quinta Vergara, lugar que aún no ocupaba un sitio en su imaginario, lo que importa son los lugares disponibles en el asiento del bus, sólo importa el aquí y ahora, si “me tocó” o “no me tocó” ventana, y si mi amigo se pudo sentar al lado mío, los rostros son alegres y triunfantes a la vez, ya no tan ansiosos, pues ya tienen algo, están arriba y listos para “zarpar”.
El camino es conocido e incluso a pocas cuadras de nuestro colegio, lo curioso es enterarse que muchos de ellos nunca han visitado este naturalezco e histórico lugar, o que la mayoría lo relaciona al popular Festival de Viña del Mar, tanto es así que alguno de ellos piensa que el espectáculo está en desarrollo al momento de llegar.  

 Nicolás mira por la ventana y conversa, “tira tallas” y se ríe, lo cual inmediatamente me hace ver la imagen del primer día de taller literario.  A las dos y media de la tarde, hace ya más de un mes, llegaba Nico, parado frente a la silla observaba expectante, su rostro no permitía ver qué emoción lo estaba embargando, podría haber tenido vergüenza o quizás temor, pero su rostro era indescifrable. No tuvo problema para incorporarse a trabajar, pero pasaron muchas sesiones hasta que logré conocer su voz. Habiendo trabajado varios años con personas en condición de discapacidad, sabía que algunos alumnos no desarrollan el lenguaje oral hasta pasados varios años o a veces nunca, y este podía ser perfectamente uno de esos casos. Con cercanía e intentando no incomodarlo trate de hacer preguntas, de “mediar”, como le llamamos en el trabajo psicopedagógico, para obtener una respuesta, una mirada, no la obtuve.
Tal imagen me parecía la antítesis del Nico que vi el día de la Quinta Vergara, tan espontáneo y dispuesto al disfrute, a las preguntas, a las interacciones, a las risas, su codo en la ventana, imposible no sonreír al mirarlo.

Al llegar a la Quinta Vergara y apenas habían puesto un pie en ella, se escuchó con un vozarrón ya conocido,  “¡busquen donde está el dinosaurio!”, lo cual sin ser apenas cuestionado se convierte en el primer objetivo de conquista, comienzan a correr por el césped verde y perfectamente cortado, rodeado por jardines siempre bien mantenidos; la mente de cada uno dibujaría su propio dinosaurio, pero todos confabulan con el juego y la abstracción.  “¡Son dos!”, gritan algunos de los “minipoetas”, mientras otros aún buscan con expresión de ansiedad y un dejo de desorientación el mentado animalito hecho de hojas al cual se refería Alejandro, su profesor. Mientras esto sucede Constanza, una joven del taller, no corre tras aquel dinosaurio, sino que camina con calma por este mismo jardín de césped perfecto, con su propia cámara fotográfica queriendo captar momentos precisos de sus compañeros.
Lo mismo vi en ella el primer día que llegó al Taller Literario, daba la impresión que tenía información y control de todos, pero siempre desde la ternura, que es su don por naturaleza. “Nicolás y Ricardo aún están almorzando”, “la Esmeralda todavía se está lavando los dientes” y “yo tengo que ir a buscar a la Claudia”, me dijo. La Claudia era su responsabilidad auto-asumida, por el hecho de movilizarse en sillas de ruedas, desde allí y todas las veces que fue al taller aparecían por la puerta las ruedas de la silla, Claudia con expresión de esfuerzo y Cony con cara sonriente, parecía que eran una sola.

Con esa misma actitud protectora y de ternura fotografiaba ese día a sus compañeros, los reunió en una escalera de cemento incrustada en los faldeos del cerro que la Quinta, en donde cada uno  aparecía haciendo su “gracia personal”, habían dos tipos de fotos, la de niños y luego las mismas caras se transformaban en serias y más desafiantes, esa era la foto de adolescentes. Era curioso ver como dentro de ellos muchos llevan a ese adolescente guardado, pero a propósito de la sociedad y sus barreras discapacitantes, se ven impedidos  a  transformarse en jóvenes y adultos,  eternizando la infancia. 

Mientras recorrían los jardines de la mencionada Quinta Vergara, miré asombrada como iban creando figuras literarias, hacían comparaciones con casi todas las cosas que veían, claramente sabían que no era un mero paseo pues ellos estaban jugando a ser poetas, “Este palo se parece a… a no sé”, dijo Pablo. “A un lápiz pues Pablo”, dijo Mauricio. “Pero este lápiz no escribe”, completó aquel. Y “Este es un gusano”, dijo Esmeralda entre fuertes risotadas indicando una semilla de árbol larga y flexible.
Claramente ya habían comenzado a trabajar, aún así nos reunimos en tres grupos, cada uno llegaba con su pequeño arsenal de objetos o “tesoros” que serían vistos ahora por ojos de poetas ¿Qué podría haber más allá de esos objetos tan conocidos? ¿Podríamos decir algo más allá de sus simples y conocidos nombres? 
Quisimos que sus sentidos se pusieran al servicio de una idea, tocar, oler, mirar, escuchar, ayudaban a sentir rápidamente y las ideas fluían. Recordé cuando en el aula, en la primera clase de comparación, hacíamos variadas preguntas para intentar que encontraran un parecido de “esto con eso”, pasaban los minutos y las respuestas siempre venían de los profesores, fue una clase llena de ejemplos, ejemplos y más ejemplos, era difícil crear sin sentir. Pero este día, estando ahí, en los jardines del sacudido Palacio Vergara, una simple piedra “era como una goma liviana y podías borrar tirándola”, un palo “era como un lápiz que escribe en invisible y lo puedes borrar con pasto”, los pétalos de una rosa “eran como esponjas para maquillarse” que podían combinarse con las semillas flexibles que eran “joyas para las manos”.  Quisiera poner más ejemplos, pero no me acuerdo de todos porque fueron muchos. Es cierto que no fue tan fácil para todos, siempre existen los más adelantados, pero fue un comienzo para cada uno de ellos.
Listos los poemas, era hora de buscar un buen lugar para leerlos, emprendimos caminata hacia el “Festival de Viña del Mar” según algunos me comentaron, en realidad íbamos al escenario de la Quinta Vergara y fue lo que les aclaré, aun así Mauricio insistía en preguntarme “¿Por qué tienes un Festival?”. “No tengo un festival”, contestaba. “¿Por qué tienes un show?”. “No hay show en este momento sólo un escenario”. Después de varias explicaciones estuvimos de acuerdo.

            Mientras daba esa larga explicación, escucho desde atrás un “¡Miss, voy a saltar!”, era Diego desde un muro de cemento que daba hacia uno de los jardines internos, no era gran altura pero se me apretó igual el estómago y caí en el dilema si permitirle que se sintiera haciendo algo “riesgoso” y  emocionante o evitar que se hiciera el más mínimo rasguño, calcule la altura, detenerlo con un grito podría desconcentrarlo de su equilibrio, “¡Ya!”, le dije. Lo vi saltando y caer en cuclillas, pero su cara era de asombroso triunfo. Luego de eso lo vi saltando varias veces seguro de que nada iba a sucederle y así fue, nunca fue un tema de riesgo, era evidentemente un tema de confianza.

No era mucho lo caminado, más bien era poquísimo, pero ya comenzábamos a agotarnos, por eso una parada de jugos y galletas antes de llegar al escenario de la Quinta y sobre uno de los jardines fue tentador para todos los visitantes, sentados o acostados, pero todos descansando excepto Claudia, siempre arriba de su silla de ruedas, ni siquiera podía sentir el acolchonado pasto que nos cobijaba, luego de un par de ideas convincentes y persuasivas llevamos a Claudia a sentarse al pasto, en postura “a lo semi indio” por fin a la altura de todos los demás, qué agradable para todos era mirarla hacia el lado, qué satisfactorio para ella descansar el cuello de estar siempre mirando a todos hacia arriba. Estaba contenta. Luego aceptamos la invitación de Ingrid, la profesora, de invitarnos a mirar el cielo y buscar figuras en las nubes, como siempre, encontramos perros poodle, ballenas y uno que otro animalito dormido. Entonces, Ingrid y Alejandro compararon el color blanco con otros elementos, incluso con otras texturas, buscando similitudes, casi soñando en voz alta, luego fue mi turno y e los niños que siguieron elaborando oraciones, jugando con lo observado en el cielo, comparando elementos y colores, me di cuenta que seguíamos mirando el paisaje con ojos de poeta.

De pie nuevamente y ahora sí al escenario de la Quinta Vergara, emprendimos rumbo de una vez a este gigante de cemento que vería recitar y leer poemas “frescos” y  recién creados. Al llegar, el ímpetu de los jóvenes y niños los hizo subir inmediatamente las grandes escaleras de la Quinta, ignorando cualquier cansancio, muchísimos peldaños recorridos casi corriendo y sin mirar atrás, con un solo objetivo, llegar al último y sólo desde allí mirar esta creación tan mencionada.
“¡Comencemos a bajar!” Gritado varias veces para ser escuchado y tener algún efecto, pues bajaron lento, se devolvieron, se desplazaron hacia los lados antes de llegar al punto de encuentro, donde por supuesto nos esperaba Claudia, quien afectada por las barreras arquitectónicas nos tuvo que esperar abajo con la profesora Ingrid.

Comienza la presentación de los “artistas”, era difícil volver a la calma, sentados en los peldaños laterales nos distribuimos para que uno a uno fueran pasando adelante a leer sus recientes creaciones, pero dos o tres continuaban con el ímpetu de correr por los peldaños de la inmensa escalera y seguir jugando. Llego la calma y cada uno pasó adelante, cada uno tuvo su momento,  leyó o reprodujo su creación en voz alta, fue aplaudido y con cara satisfecha se sentó en uno de los peldaños convirtiéndose nuevamente en “público”. Escuchándolos, era fácil darse cuenta que ya no les acomplejaba tanto hablar en público, al menos delante de sus compañeros de taller, lo que sí se extrañaba es no haber hecho antes la clase de expresión oral en donde declamaron en el patio del colegio, regulando la intensidad de la voz, cada vez más lejos del público y cada vez más fuerte… En esa clase, el profesor Alejandro les daba las instrucciones y nunca los dejaba solos como en un gesto de transmitirles confianza, ellos debían repetir solo una palabra y en la medida que se alejaban la voz se debía hacer más potente, entonces él preguntaba. ¿Se escucha?, el público decidía, si este no escuchaba, entonces el tono de voz debía hacerse más potente. Claramente, algunos terminaban gritando con un cuaderno en la cara, por evidente “pánico escénico”, pero el objetivo de expresión oral estaba claramente cumplido.  

            En las presentaciones en la Quinta Vergara, los tonos de voz eran bajitos,  no conscientes aun de la potencia que podían llegar a desarrollar algún día, claramente esa habilidad se encontraba oculta, pero estaba.

            Terminada la presentación, los aplausos y felicitaciones pertinentes, por su disposición, por su alegría y perseverancia, todos en grupo y ya satisfechos por el trabajo realizado, caminamos hacia el bus gris que nos espera, otra vez se hace entretenido subirse a él, nuevamente quiero saber con quién me sentaré o si tendré ventana o no, otra vez es una ilusión el viaje de vuelta, nos despedimos de la Quinta Vergara, ahora sabiendo que existen dinosaurios hechos de plantas y que no siempre está el Festival de Viña en el escenario, que las graderías pueden estar vacías y que es más fácil sentir y crear versos cuando tengo las cosas frente a mis sentidos, ahora nos vamos pero no directo al colegio, antes de eso una parada ¿Para qué? Según comentan para un rico helado en la calle Valparaíso de Viña del Mar.